La ideología simplista e instrumental de “el pensamiento único”

 

La solidaridad académica intergeneracional es la fuerza que hace que nuestras universidades sean organismos realmente vivos. Esta propiedad relacional consiste en la generación intelectual y deontológica de hijos morales por los grandes maestros; hijos morales a quienes nos cabe considerarnos, cuando somos nosotros mismos, como frutos auténticos de la fecundidad pedagógica de nuestros mayores.

Con respecto a mí y a mis alumnos de la facultad de ciencias políticas, sociales y económicas de la Universitas catholica lovaniensis, el profesor Felipe de Woodt, hoy mi venerable compañero emérito, es uno de los grandes maestros que nos han enseñado, desde que entramos en contacto con éllos hace ya muchísimos años, la mayor parte de lo que hoy escribo aquí sobre los peligros de “el pensamiento único” en economía, tanto teórica como aplicada.

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Mientras más dominante es una ideología, más escaso es el debate político. Cuando el pensamiento se vuelve único, la democracia tiende a convertirse en puramente formal.

Bajo las ropas respetables del dinamismo y de la eficacia de un mundo abierto a los intercambios, la globalización liberal oculta también una ideología radical. Se trata, simplificando, de una creencia demasiado absoluta en la eficacia de los mercados y de una desconfianza casi visceral respecto a la intervención pública y a los reglamentos.

El movimiento de universalización tiende a imponer hoy su lógica al conjunto del planeta sin tener en cuenta suficientemente las diferencias políticas, culturales e institucionales, un poco a la manera de una apisonadora mental. Cada uno de nosotros sabe hoy que la economía de mercado no es solamente un modelo de crecimiento potente, sino también que este modelo, llevado a sus límites, puede convertirse en una ideología dogmática perversa.

Desde hace tiempo esta ideología ha hecho muchos adeptos. Señorea en los Estados Unidos y en Gran Bretaña; se acepta con matices en Europa continental; es adoptada en distintos grados por varios países asiáticos. Algunas de las grandes instituciones internacionales intentan imponerla al conjunto del mundo. En Occidente, inspira aún a la mayoría de los dirigentes de empresas y escuelas de gestión. Ella es el mayor freno a la aparición de empresas verdaderamente responsables.

Su poder de convicción se basa no solamente en una presentación simplificada de su lógica interna sino también en la parte de verdad que contiene: el crecimiento continuo de los países que, gracias a su avance histórico, supieron aprovecharse de este sistema.

Simplificando mucho, cabe resumir esta ideología dominante del modo siguiente:

– la economía de mercado es el sistema más eficaz de creación de riquezas; los otros sistemas demostraron su ineptitud a responder a las necesidades de los consumidores solventes de manera flexible y dinámica;

– el motor central de este sistema es la competencia; ésta favorece la innovación; garantiza la división del trabajo lo mejor posible, habida cuenta de las ventajas comparativas de los distintos países; ejerce una presión constante sobre los precios a la mayor ventaja de los consumidores;

– el libre comercio favorece el crecimiento; todo obstáculo a los intercambios – barreras arancelarias, subsidios, distintas protecciones – reduce irremediablmente la eficacia de los mercados;

– los mercados son eficientes; actúan como una mano invisible para garantizar la mejor asignación de los recursos;

– el beneficio es el único criterio del resultado; garantiza el crecimiento, la innovación, la conquista de los mercados; garantiza también las financiaciones futuras gracias a la satisfacción de los accionistas;

– la ortodoxia financiera favorece el buen funcionamiento del sistema; políticas monetarias y presupuestarias rigurosas así como el equilibrio de la balanza de pagos garantizan la estabilidad de los precios y la solidez de la moneda;

– la economía de mercado se realiza al mismo tiempo que la libertad, la democracia y la paz; hasta puede favorecer su desarrollo allí donde no existen aún; aliada con la ciencia y la tecnología, garantiza a la humanidad un progreso continuo; sirve pues naturalmente para el interés general y el Bien común.

Este proceso indica claramente, para la humanidad, el sentido del desarrollo y el progreso. Anuncia incluso el fin de la historia en un mundo reconciliado, próspero y democrático.

El pensamiento único de la economía de mercado como ideología tiende así a elevar el libre juego del mercado del nivel de los medios al de las finalidades. No hace caso del hecho de que el progreso económico no representa todo el progreso humano, incluso si es una condición, y que debe ser sometido a imperativos éticos y políticos que expresan el Bien común. Parece ignorar que este Bien común no se define aún en el planeta y que existen pocas instancias políticas o jurídicas capaces o preocupadas de hacerlo.

Esta ideología olvida también que los protagonistas económicos privados disponen de un poder considerable sobre los recursos del planeta, sobre la orientación que les dan y sobre el tipo de desarrollo que aplican.

Se pregunta apenas sobre los peligros de dejar al poder económico extenderse en un espacio poco controlado, en el que se corre el riesgo de ver imponerse la ley del más fuerte.

Apenas hay diferencia entre la constatación de este riesgo y el sugerir que este pensamiento único es utilizado como un instrumento del poder de los mercados.

Destaquemos, para terminar, la hipocresía de los dirigentes políticos occidentales y de algunos grupos de presión sectoriales que quieren imponer este modelo al mundo entero, pero que se niegan a aplicarlo cada vez que juega en su desventaja.

Fuente principal: Philippe de Woot, Responsabilité sociale de l’Entreprise, Fau-il enchaîner Prométhée ?, Ed. Economica, 2005, Paris, 208 pages.

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Diacronía del concepto “Pensamiento único”

El concepto de pensamiento único fue descrito por primera vez por el filósofo alemán Arthur Schopenhauer en 1819 como aquel pensamiento que se sostiene a sí mismo, constituyendo una unidad lógica independiente – por más amplio y complejo que sea – sin tener que hacer referencia a otras componentes de un sistema de pensamiento.

En 1964, el filósofo freudomarxista y miembro de la corriente crítica denominada escuela de Frankfurt, Herbert Marcuse, describió un concepto similar que él denominópensamiento unidimensional, en el contexto de la crítica de la ideología de la sociedad tecnológica avanzada. Para Marcuse este tipo de pensamiento es el resultante del «cierre del universo del discurso» impuesto por la clase política dominante y los medios suministradores de información de masas:

«Su universo del discurso está poblado de hipótesis que se autovalidan y que, repetidas incesante y monopolísticamente, se tornan en definiciones hipnóticas o dictados.»

En el mismo sentido y con un significado similar al de Marcuse, pero volviendo al adjetivo original de «único», el concepto es reintroducido en la última década por el periodista español Ignacio Ramonet, quien lo define partiendo de una idea de la izquierda anticapitalista:

«¿Qué es el pensamiento único? La traducción a términos ideológicos de pretensión universal de los intereses de un conjunto de fuerzas económicas, en especial las del capital internacional.»

Su uso se ha extendido posteriormente como fórmula retórica para descalificar las ideas del oponente ideológico, con independencia de su orientación, sugiriendo que el así tachado es «cerrado de espíritu», frente a la «apertura» de quien aplica el calificativo. Esto ha llevado a que desde la derecha se haya en ocasiones utilizado contra la izquierda.

Fuente: Wikipedia.

Foto: photo azrainman-flickr-cc

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Acerca de sagabardon

Editor y promotor desde 1961-62 de la AEU (Amistad Europea Universitaria), soy profesor emérito de la Universidad de Lovaina, donde he enseñado la semántica, el español y la ingeniería lingüística. Soy doctor en filosofía (Louvain), doctor en lingüística (Sorbonne), especialista en lexicología, y diplomado de la Escuela de altos estudios en ciencias sociales (Paris). Especializado en Semántica y lexicología, he preparado durante quince años un “Taller cervantino del Quijote”, que se compone de una edición de los textos originales de 1605 y de 1615, acompañada de un diccionario enciclopédico. Salí de España, en 1961, renunciando a mi puesto de profesor de ética y de metafísica en el Seminario Mayor de Córdoba. Dos años antes había enseñado electrónica y complementos de ciencias en el juniorado jesuita del Puerto de Santa María.
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