2012, Año Unamuniano por una Universidad al servicio de la sociedad

Unamuno apostó hace años porque la universidad contribuyera a la formación y al bienestar de la sociedad; ahora debemos recoger su testigo y luchar porque esta crisis no se lleve por delante los logros sociales como son la educación pública de calidad y la investigación científica y tecnológica.

Como rector de la Universidad Salmanticense, a partir del año 1900, Unamuno aborda en sus discursos, intervenciones y medidas administrativas, aspectos que hasta entonces no se habían cuestionado de manera efectiva, como los deberes del profesorado o la necesidad de contar con una universidad vinculada a su entorno, al servicio de la sociedad, que contribuyese a aclarar una “niebla” que envolvía la vida social, política y económica de la época.

Con sus luces y sus sombras, los primeros 14 años del primer rectorado de Unamuno contribuyeron a crear en Salamanca un núcleo de pensamiento que situó a la institución en el centro de muchas de las disputas intelectuales de la época, siendo su rector el principal protagonista. Su figura dio una visibilidad sin precedentes a una institución que, como otras universidades españolas de la época, languidecía en medio de disputas políticas, y puso en el punto de mira una característica que hoy en día se presupone en los centros de educación superior, que no es otra que la preocupación por aportar a la sociedad pensamiento crítico e intelecto capaz de ayudar a resolver sus problemas.

Cuando finaliza en 1914 su primera etapa como rector, Unamuno era ya uno de los más prestigiosos intelectuales españoles de la época con una gran presencia pública derivada de sus posicionamientos políticos. Este protagonismo continuará posteriormente con sus posiciones como “aliadófilo” durante la I Guerra Mundial, como defensor de la Segunda República y, años más tarde, como un desencantado con ella, hasta el punto de apoyar inicialmente el alzamiento militar del 36.

Su preocupación por el mundo en que vivía y su arrolladora personalidad hicieron que hasta sus últimos días su figura fuese controvertida y polémica; pero esas características también han hecho que hoy en día siga siendo uno de los rectores más conocidos y admirados de cuantos ha tenido esta institución.

En estos momentos en que recordamos el 75º aniversario de su muerte, que tuvo lugar en Salamanca el 31de diciembre de1936, nos encontramos de nuevo ante momentos difíciles y su figura debe servirnos de inspiración y revulsivo para luchar para que las universidades ocupen un lugar central en la salida de la crisis, para que esta salida se base, y probablemente no hay otro camino, en el conocimiento y la innovación que en ella se crean y se desarrollan.

Unamuno apostó hace años porque la universidad contribuyera a la formación y al bienestar de la sociedad; ahora debemos recoger su testigo y luchar porque esta crisis no se lleve por delante los logros sociales como son la educación pública de calidad y la investigación científica y tecnológica.

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La intelectualidad como arma publicitaria.
Daniel Hernández Ruipérez, Rector de la Universidad de Salamanca.

La intelectualidad de don Miguel de Unamuno, unida a su irreverencia, hizo que gran parte de su actividad constituyera, aunque sólo fuese de manera implícita, una auténtica campaña publicitaria para la Universidad de Salamanca. Una publicidad que no puede sino sorprendernos, por cuanto se produjo en una época en la que la Academia se percibía como una institución gris, incapaz de aportar beneficios a una sociedad necesitada de líderes y de expertos que la guiara en medio de una crisis del liberalismo tan profunda como para terminar en un conflicto irresoluble y en una guerra fratricida que se iniciaría en el 36.

Desde su llegada a Salamanca en 1891, para tomar posesión de la cátedra de griego, Unamuno se va haciendo destacar en la comunidad universitaria en gran mayoría átona, y es ese papel relevante con resonancias en toda España el que motiva su nombramiento como rector en el año 1900. Sus mandatos están plagados de discursos, intervenciones y medidas que buscan ser un revulsivo para la opinión pública, pero también para los propios universitarios. Aborda aspectos que hasta entonces no se habían cuestionado de manera efectiva, como los deberes del profesorado o la necesidad de contar con una universidad vinculada a su entorno, al servicio de la sociedad, que contribuyese a aclarar una “niebla” que envolvía la vida social, política y económica de la época. Es cierto que en el horizonte intelectual de Unamuno no estaba, como tampoco en el de otros pensadores españoles de su época, la inteligencia de la universidad como un espacio en el que investigación y docencia se manifiestan como dos caras de la misma moneda; los mejores intelectuales españoles del momento no concibieron, ni siquiera comprendieron, el modelo humboldtiano de universidad, que ha sido la base de la universidad moderna. Un modelo que ha sido la causa del desarrollo de la investigación y de su influencia en el progreso, que ha caracterizado desde el final del siglo XIX a otros sistemas universitarios.

Con sus luces y sus sombras, esos primeros 14 años de rectorado de Unamuno contribuyeron a crear en Salamanca un núcleo de pensamiento que situó a la institución en el centro de muchas de las disputas intelectuales de la época, siendo su rector el principal protagonista. Su figura dio una visibilidad sin precedentes a una institución que, como otras universidades españolas de la época, languidecía en medio de disputas políticas, y puso en el punto de mira una característica que hoy en día se presupone en los centros de educación superior, que no es otra que la preocupación por aportar a la sociedad pensamiento crítico e intelecto capaz de ayudar a resolver sus problemas.

Unamuno fue, sin duda, pionero en utilizar la intelectualidad como arma publicitaria, y él mismo prefería, en ocasiones, sustituir esa cualidad de intelectual que se le atribuía por otras como “agitador de espíritus”, ¿espiritual” o ¿publicista”.

Cuando finaliza en 1914 su primera etapa como rector, Unamuno era ya uno de los más prestigiosos intelectuales españoles de la época con una gran presencia pública derivada de sus posicionamientos políticos. Este protagonismo continuará posteriormente con sus posiciones como “aliadófilo” durante la I Guerra Mundial, como defensor de la Segunda República y, años más tarde, como un desencantado con ella, hasta el punto de apoyar inicialmente el alzamiento militar del 36.

Su preocupación por el mundo en que vivía y su arrolladora personalidad hicieron que hasta sus últimos días su figura fuese controvertida y polémica; pero esas características también han hecho que hoy en día siga siendo uno de los rectores más conocidos y admirados de cuantos ha tenido esta institución. En estos momentos en que recordamos el 75º aniversario de su muerte, nos encontramos de nuevo ante momentos difíciles y su figura debe servirnos de inspiración y revulsivo para luchar para que las universidades ocupen un lugar central en la salida de la crisis, para que esta salida se base, y probablemente no hay otro camino, en el conocimiento y la innovación que en ella se crean y se desarrollan.

Unamuno apostó hace años porque la universidad contribuyera a la formación y al bienestar de la sociedad; ahora debemos recoger su testigo y luchar porque esta crisis no se lleve por delante los logros sociales como son la educación pública de calidad y la investigación científica y tecnológica. Debemos buscar el modo de hacer entender a la sociedad que en las universidades están las vías para mejorar la situación en la que nos encontramos. Para ello, además de crear, de enseñar, de innovar y de transferir conocimientos, necesitamos seguir una senda donde haya ideas nuevas capaces de dar a nuestra institución una visibilidad como la que Unamuno logró en su momento.

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